EL ROMPEOLAS VIII. LA CAJA DE IDUN

¡Cuánto me cuesta poner el pie en el suelo! Desde que volví a Madrid, no soy capaz de levantarme tan temprano, incluso Baddy está perezoso. Cambiar arena fina de playa por asfalto no nos ha gustado nada.

Llegué hace más de un mes y la verdad que ha sido como comenzar desde cero. ¿Cuántas veces lo he hecho durante estos dos últimos años? Y la previsión dice que no será la última. Cierto es que cada vez es diferente, en cada momento he dado carpetazo a una etapa de mi vida: ilusiones truncadas, falsas amistades, amores fantasma… pero no siempre esos carpetazos se llevan cosas malas, por desgracia también se llevan las buenas.

Esta vez ha sido fácil, volvía a casa. Sólo tenía que abrir la puerta de la rutina y saludar con mi mejor sonrisa ¡Aquí estoy!

Abrí mi “Caja de Idún” y allí encontré: los retos pasados que aún siguen vigentes, las ilusiones fabricadas en muchas noches de lágrimas aún sin cumplir, los recuerdos, las vivencias…las he sacado todas y las he vuelto a colocar por orden de prioridad. Hay un nuevo compartimento en mi Caja, el de las emociones. Ahí he colocado todo lo vivido en la playa. Fue intenso, inolvidable y seguramente irrepetible.

La fiesta de despedida organizada por Faus fue maravillosa, realmente te das cuenta de los amigos que haces sin apenas esfuerzo, no faltaba nadie y en sus ojos se veía sinceridad, emoción e incluso gratitud. Promesas de seguir en contacto, de visitarnos…la mayoría quedarán solo en eso, promesas.

La última noche la pasé con Alex, era inevitable. Me quité todas las cadenas y me dejé llevar a la que sería mi primera, única y última noche con el hombre misterioso que conocí un día de lluvia.
No fue un encuentro romántico, no fue una noche de novela rosa ni tampoco apareció el Sr. Grey, pero me dio exactamente lo que yo necesitaba: tiempo, ternura, susurros…
Sus dedos hábiles recorrieron centímetro a centímetro mi cuerpo, deteniéndose en cada curva, en cada rincón, parecía estar memorizando mi silueta. Consiguió con paciencia relajar mis nervios, olvidar mis complejos y dejarme llevar, sólo entonces me besó.

– Eres una mujer especial, fuerte…serás lo feliz que tú quieras ser.
– No nos volveremos a ver ¿verdad?
– Turi -me respondió mientras acariciaba mi pelo- soy un hombre sin raíces, hoy estoy aquí y mañana…mañana no sé dónde amaneceré. Si me necesitas, llámame y recorreré los km que sean necesarios, pero no me pidas más.

Sólo quedaba pues, dar las gracias por el servicio prestado, por hacer una marca más en mi corazón, dejar su firma en mi pecho y sacarme durante un tiempo del letargo en el que estaba sumida.

Cada vez que mire mi pecho y vea estas flores tatuadas, traerán a mi memoria esos ojos verdes, esas manos cálidas, lengua experta y sonrisa inolvidable.

Este maldito destino, ese que mi hija me dice que tiene algo mejor reservado para mí, volvía a poner en mis labios la miel para sólo poder saborearla con la punta de mi lengua. No conforme con eso, tenía que dejarme su recuerdo grabado en mi piel para el resto de mi vida.

Destino caprichoso,

deja de burlarte de mí,

deja que esta vez gane yo la partida,

mis cartas son buenas,

no guardo ningún As en la manga.

Déjame apostar a “caballo ganador”

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