NO LLUEVE ETERNAMENTE. CAPITULO VIII. HORA DE APOSTAR

CAPITULO VIII. HORA DE APOSTAR

¿A las 9? Eso eran 3 horas escasas. Llegué a casa y esparcí, literalmente, el contenido de mi armario sobre la cama. Recordé las palabras que tantas veces oí a mi madre “si sólo tuvieras uno, no tendrías dudas” Pero no tenía solo uno, tenía un montón y ninguno satisfacía mis exigencias. No tenía tiempo para ir de compras. Me los probé todos, alguno más de una vez.  No tenía ni idea de a donde me llevaría, si pecaría por exceso o por defecto y aunque Marcos era un hombre elegante no sabía si lo sería por imposición laboral.

Al final opté por un vestido de color naranja, un poco corto pero suelto, regalo de un buen amigo. Era sencillo pero con los complementos adecuados, el resultado mejoraba siendo más que aceptable. Por supuesto elegí unos zapatos de tacón color melocotón que compré en Palermo, en mi escapada en solitario a Sicilia. Cuando los vi en el escaparate no dude un segundo que eran para mí.  Igualmente, en mi fuero interno, había decidido que Marcos también lo fuera. Mis pendientes favoritos de cristales negros, largos y con forma de lágrima eran ideales para mi atuendo.  Después de una ducha de agua templada para despejar mi mente que iba a velocidad vertiginosa, me maquillé con especial esmero para estar guapa a la vez que natural.

No eran las 8:30 cuando ya estaba lista. Me daba tiempo aún a mirarme tropecientas veces más en el espejo. Por delante, por detrás, un perfil, el otro.

Mi hija me miraba desde el marco de la puerta del dormitorio

  • Qué pesada eres mamá. Deja de mirarte. Estás guapa y no ¡no te hace gorda!
  • ¡Ay chiqui!¡ Ni siquiera te había preguntado!
  • No, pero lo ibas a hacer. ¿me equivoco?
  • No, no te equivocas, sólo que…¡ te has adelantado! ¿Estoy bien entonces?
  • Siiii -dijo suspirando- y más vale que el tal Marcos caiga en tus redes o ¡acabarás conmigo!- exclamó- porque lo que está clarito es que tú ya has caído en las suyas.

Ufff que paciencia tengo que tener con esta niña.

  • ¡Mamá, te llaman!- salí del dormitorio, había dejado el móvil cargando la batería.
  • ¿Si?- contesté.
  • Hola ya estoy en el coche y el GPS me pide tu dirección, voy a recogerte.
  • ¿A mi casa? No te preocupes, no es necesario, puedo ir en mi coche hasta el edificio, como habíamos quedado.
  • Lo que no es necesario es precisamente que saques tu coche. Vamos, ya estoy en camino. Necesito un destino. Y lo quiero…¡ya!

Cedí y le dí mi dirección.

  • Ok, en veinte minutos estoy.

¿Veinte minutos?¡Moriré! Podía cambiar de opinión y lo que es peor de vestido.mujerespejo1

Respiré hondo.  A ver hija, contrólate que  vas a cenar con un hombre, estupendo eso sí, pero no vas a cerrar un negocio multimillonario ¿por qué no cambias el chip? Tal vez sea él quien esté nervioso, una mujer como tú no es tan fácil de encontrar ¡ja! Ya está, guiñé un ojo a la mujer que me hablaba al otro lado del espejo.

Sólo me quedaba un toque de perfume.  Otra de mis debilidades, me encantan,  procuro no repetir dos días seguidos. No hace mucho me dijeron que así no dejaría huella,  una pena…tendré que conseguir que me recuerden por otra cosa… mi sonrisa por ejemplo o mi sabor. Para eso tenemos cinco sentidos ¿no?

A la hora exacta sonó de nuevo el teléfono.

  • Ahí le tienes, madre –se cachondeó mi niña querida.
  • ¡Hola qué puntual! – contesté
  • ¡Hola señoritajugadoradepoker!-soltó una risita espontanea- Aquí te espero, repartiendo las fichas para empezar la partida.

Sonreí y colgué.-¡Vamos! a por él ¡déjale sin respiración!- me gritó la mujer de naranja del espejo.

Cuando salí del portal, le vi, de pie, apoyado en el coche, parecía el protagonista de un anuncio, sólo le faltaba sacar un ramo de flores como regalo de bienvenida, pero no lo hizo. Me sonrió ¿ilusionado? Creo que sí, sus ojos brillaban. Vestía un pantalón azul marino y camisa de manga larga, azul celeste con rayas blancas, puños remangados con un par de vueltas. Nos saludamos con un par de besos. Uhmmmm que bien huele (mejor sabrá, me apuntilló mi querida conciencia).

  • ¿Nos vamos?- me preguntó mientras abría mi puerta, que caballero, madre que peligro tiene esto.
  • Sí, claro- Me senté y me abroché el cinturón mientras él rodeaba el coche para ponerse al volante.

Al sentarse me echó una miradita

  • Estás muy guapa.
  • Gracias, tú también.

Que formalidad, necesito una copa de vino o no se me ocurrirá nada interesante que decir y moriremos del aburrimiento.

  • Espero que te guste la comida oriental, perdona por no preguntar antes, pero claro, tu jugada me pilló por sorpresa- me miró con cara de: esta te la guardo.
  • Bueno, no manejo muy bien los palillos, pero seguro que nos vendrán bien unas risas.

Efectivamente, mi destreza con los palillos y un par de copas de vino consiguieron que la falta de confianza desapareciera, creando un ambiente mucho más informal y distendido. Después tomamos una copa en una terraza preciosa con vistas al Palacio Real. Un ambiente muy romántico, ideal para empezar a soñar.

El vino me soltó la lengua y aproveché para preguntar cómo había llegado su teléfono a mi chaqueta.

  • ¡Ah nooo, nooo, por ahí no paso! Top secret! No pienso descubrir mis armas.
  • ¿Cómo? Anda, por fi- puse ojitos y carita de buena, aunque me acerqué más de la cuenta
  • No te acerques tanto o me pondrás en un serio compromiso.

Rectifiqué, pero no puede reprimir una sonrisita picarona.

Caminar de madrugada por Madrid en pleno mes de junio es una gozada, sin prisa…si no fuera por el dolor de pies que me mata, lo alargaría al máximo.

  • ¿Te importa que me agarre a tu brazo? Mis zapatos son preciosos pero se están convirtiendo en una máquina de tortura- le miré casi suplicando.
  • ¡Claro! Aprovéchate de mí todo lo que quieras.
  • Gracias, pero esas palabras ¡no deberías decírselas a una mujer!
  • Bueno, digamos que he decidido correr algún riesgo contigo.

No me apetecía en absoluto que aquella cita terminase y él tampoco parecía tener prisa por marcharse, sin embargo en algún momento habría que despedirse.

Cogimos el coche y sin mucha prisa me llevó a casa, casi no hablamos pero en cada semáforo me miraba, yo como hago siempre cuando no sé por dónde tirar…sonreía, debe ser contagiosa porque siempre me la devolvía.

Llegamos a casa y apagó el motor.  Abrió la guantera que había frente a mis rodillas, las rozó ligeramente,  rebuscó bajo unos papeles y sacó una ficha de póker. Una negra de 100.

  • Comienza la apuesta, aquí está la mía…te doy hasta mañana para que decidas que hacer con la tuya.

Se acercó, me cogió de la barbilla y besó suavemente mis labios.

Hasta mañana señoritajugadoradepóker.

ficha poker

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